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quarta-feira, 1 de junho de 2011

Mi reacción ante la muerte de Osama Bin Laden

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

Noam Chomsky; Crédito da imagem: Guernica
Cada vez es más evidente que la operación fue un asesinato planificado, violando de manera múltiple normas elementales del derecho internacional. No  que hicieran ningún intento de aprehender a la víctima desarmada, lo que presumiblemente podrían haber logrado 80 comandos que virtualmente no enfrentaban ninguna oposición, excepto, afirman, la de su esposa, que se lanzó hacia ellos. En sociedades que profesan un cierto respecto por la ley, a los sospechos se les aprehende y se les conduce a un juicio justo. Subrayo “sospechosos”. En abril de 2002, el jefe del FBI, Robert Mueller, informó a la prensa de que después de la investigación más intensiva de la historia, el FBI solo podía decir que “creía” que la conspiración se tramó en Afganistán, aunque se implementó en los Emiratos Árabes Unidos y Alemania. Lo que solo creían en abril de 2002, obviamente no lo sabían 8 meses antes, cuando Washington desdeñó ofertas tentadoras de los talibanes (no sabemos cómo de serias porque se descartaron instantáneamente) de extraditar a Bin Laden si les presentaban alguna evidencia, la que, como pronto supimos, Washington no poseía. Por lo tanto Obama simplemente mintió cuando dijo en su declaración de la Casa Blanca, que “rápidamente supimos que los ataques del 11-S fueron realizados por al-Qaida”.

Desde entonces no han suministrado nada serio. Han hablado mucho de la “confesión” de Bin Laden, pero suena más bien como si yo confesara que gané el Maratón de Boston. Alardeó de algo que consideraba un gran logro. 

También hay mucha discusión sobre la cólera de Washington porque Pakistán no entregó a Bin Laden, aunque seguramente elementos de las fuerzas militares y de seguridad estaban informados de su presencia en Abbottabad. Se habla menos de la cólera paquistaní porque EE.UU. invadió su territorio para realizar un asesinato político. El fervor antiestadounidense ya es muy fuerte en Pakistán, y estos eventos probablemente lo exacerbarán. La decisión de arrojar el cuerpo al mar ya provoca, previsiblemente, cólera y escepticismo en gran parte del mundo musulmán. 

Podríamos preguntarnos cómo reaccionaríamos si unos comandos iraquíes aterrizaran en el complejo de George W. Bush, lo asesinaran, y lanzaran su cuerpo al Atlántico. Sin lugar a dudas sus crímenes excedieron en mucho los de Bin Laden, y no es un “sospechoso” sino indiscutiblemente el que “tomó las decisiones”, quien dio las órdenes de cometer el “supremo crimen internacional, que difiere solo de otros crímenes de guerra en que contiene en sí el mal acumulado del conjunto” (citando al Tribunal de Núremberg) por el cual se ahorcó a los criminales nazis: los cientos de miles de muertos, millones de refugiados, destrucción de gran parte del país, el encarnizado conflicto sectario que ahora se ha propagado al resto de la región. 

Hay más que decir sobre [el terrorista que hizo volar el avión cubano, Orlando] Bosch, quien acaba de morir pacíficamente en Florida, incluida la referencia a la “doctrina Bush” de que las sociedades que albergan a los terroristas son tan culpables como los propios terroristas y hay que tratarlas de la manera correspondiente. Parece que nadie se dio cuenta de que Bush estaba llamado a la invasión y destrucción de EE.UU. y al asesinato de su criminal presidente. 

Lo mismo pasa con el nombre: Operación Gerónimo. La mentalidad imperial está tan arraigada, en toda la sociedad occidental, que parece que nadie percibe que están glorificando a Bin Laden al identificarlo con la valerosa resistencia frente a los invasores genocidas. Es como bautizar nuestras armas asesinas según las víctimas de nuestros crímenes: Apache, Tomahawk… Es como si la Luftwaffe llamara sus aviones caza: “Judío” y “Gitano”. 

Hay mucho más que decir, pero incluso los hechos más obvios y elementales deberían darnos mucho que pensar.
Copyright 2011 Noam Chomsky

Noam Chomsky es profesor emérito del Departamento de Lingüística y Filosofía del MIT. Es autor de numerosas obras políticas. Sus últimos libros son una nueva edición de Power and Terror, The Essential Chomsky (editado por Anthony Arnove), una colección de sus escritos sobre política y sobre el lenguaje desde los años cincuenta hasta el presente, Gaza in Crisis, con Ilan Pappé, y Hopes and Prospects, también disponible en audio.


quarta-feira, 23 de fevereiro de 2011

"Existe un pronunciado y profundo desprecio de Estados Unidos e Israel por la democracia en el mundo árabe"

Noam Chomsky

Prodavinci
Cuando entré ayer a las 10 y media de la mañana a la oficina de Noam Chomsky, le dije a su secretaria Bev Stohl: “Bev, Mubarak se va del gobierno”. Yo tenía 20 minutos para culminar, preguntándole sobre la situación del medio oriente, una larga entrevista sobre América Latina iniciada en octubre y de la cual esta conversación sería solo una posdata. Bev no sabía la noticia de la caída de Mubarak y aseguró que Chomsky tampoco. “Hay muchos rumores”, afirmó Chomsky, para no tomar totalmente en serio lo que oía. “Venía escuchando la radio de la BBC y repetían lo que había asegurado Mubarak anoche: se irá a su casa de veraneo, pero no dejará el poder”. Le dije que acababa de darse la noticia en el New York Times. Como buen objetivista, es de los que necesitan ver para creer. Y si lo dice el New York Times hay que darle crédito, aunque él mismo sea su mayor crítico. En cualquier caso, le planteé como escenario de la conversación la salida de Mubarak y sus efectos, en particular las posibilidades del avance democrático en el mundo árabe. Al terminar se despidió cruzando los dedos para señalar sus esperanzas por un futuro democrático. Parte del mundo árabe está viviendo una epidemia de demanda de democracia. Ahora Mubarak ha dejado el poder. Implica su salida un cambio en el juego de poder de la región. Se habla de revolución y libertad, pero, ¿pueden la democracia y la independencia consolidarse? Como dijo un filósofo en estos días, “no podemos dar el futuro por descontado”. ¿Cuál es su esperanza personal?
Lo que ha venido pasando, incluyendo la salida de Mubarak, es espectacular y no puedo recordar nada parecido. Se le compara a estos eventos con lo que sucedió en 1989 en Europa del Este, pero no hay comparación. Por una razón. Allá hubo un Gorbachov que manejó la situación para que el sistema se mantuviera en pie. Y los poderes de Occidente lo ayudaron y apoyaron. En el caso de Europa del Este también las potencias occidentales apoyaron a los manifestantes, en el norte de África ningún poder de Occidente ha apoyado las protestas. Así que la única comparación posible es con Rumania, donde Ceaucescu, el más horrible de los dictadores, quien gozaba del cariño y protección de Estados Unidos y Gran Bretaña, que lo apoyaron casi hasta el final. Lo que ha sucedido en Túnez, Jordania, Yemen y Egipto, muestra un nivel de valentía y determinación al que es difícil encontrarle situaciones análogas. En Túnez el sistema estaba relativamente bajo control de Francia, con espías franceses infiltrados por doquier. Egipto, en cambio, ha estado bajo control de Estados Unidos. De modo que su situación afecta directamente los intereses de Washington. Esto no es nada nuevo, por supuesto. En los cincuenta, el presidente Eisenhower sostuvo reuniones secretas con su equipo para discutir lo que el llamó “la campaña de odio contra Estados Unidos”. El Consejo Nacional de Seguridad envió un memorándum secreto revisando la situación y en el que decía algo así: hay la percepción en el mundo árabe de que Estados Unidos apoya dictadores rudos y brutales y bloquea la democracia y el desarrollo. Eso lo hacemos porque queremos mantener el control de los recursos energéticos. El memo decía que la percepción era más o menos adecuada porque eso precisamente es lo que nosotros –es decir el gobierno de Estados Unidos– deberíamos estar haciendo. El principio de esta lógica es que en tanto la población permanezca pasiva, intimidada y distraída, podemos hacer los que nos dé la gana. Y esa lógica prevalece justo hasta este momento. Así que por ejemplo, pensemos en la filtraciones de Wikileaks en las cuales el gobierno árabe aparece apoyando a Estados Unidos en relación con Irán. Bueno, investigando la prensa no pude encontrar –y creo que nadie más podrá hacerlo– una sola información de lo que piensa la opinión pública árabe. Hay encuestas de opinión, hechas por prestigiosas compañías estadounidenses, como la que publicó hace muy poco The Brookings Institution en la que se muestra otra vez que el sentimiento de odio hacia Estados Unidos es extraordinario. Cerca de 10 por ciento de la población ve a Irán como una amenaza, pero entre 80 y 90 por ciento piensa que las mayores amenazas son Israel y Estados Unidos. Incluso, la mayoría de la población piensa que estarían mejor si Irán tuviera armas atómicas, pero eso no se reporta. Y la razón es un pronunciado y profundo desprecio de Estados Unidos e Israel por la democracia en el mundo árabe. En tanto la población esté bajo control y tengamos a un dictador de nuestro lado, hacemos lo que queremos. Eso es realmente sorprendente. Por eso, la situación actual de Egipto y el mundo árabe, representa un problema. Lo que tradicionalmente ha sucedido en el punto en el que estaban las cosas antes de la salida de Mubarak es una estrategia rutinaria que ha pasado una y otra vez: Marcos en Filipinas, Duvalier en Haiti, Suharto en Indonesia. Es decir, llega un momento en el que ya no puedes apoyar a tu dictador favorito y entonces tienes que hacerlo a un lado, llamar a una transición “ordenada”, expresar tu amor por la democracia y tratar de restaurar el viejo status quo lo más rápido posible. Eso es lo que ha venido pasando en Egipto, aunque no sabemos si está funcionando o no.

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domingo, 6 de fevereiro de 2011

Declina la influencia de Occidente, por Noam Chomsky


El mundo árabe está en llamas, informó Al Jazeera el 27 de enero, mientras los aliados de Washington pierden rápidamente influencia en toda la región.
La onda de choque fue puesta en movimiento por el dramático levantamiento en Túnez que derrocó a un dictador apoyado por Occidente, con reverberaciones sobre todo en Egipto, donde los manifestantes avasallaron a la policía de un dictador brutal.
Algunos observadores compararon los sucesos con el derrumbe de los dominios rusos en 1989, pero hay importantes diferencias.
Algo crucial es que no existe un Mijail Gorbachov entre las grandes potencias que apoyan a los dictadores árabes. Más bien, Washington y sus aliados mantienen el principio bien establecido de que la democracia es aceptable sólo en la medida en que se conforme a objetivos estratégicos y económicos: magnífica en territorio enemigo (hasta cierto punto), pero no en nuestro patio trasero, a menos que, por favor, se pueda domesticar de forma apropiada.


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domingo, 9 de janeiro de 2011

Rebelión no Bibliotecando por aí

Nesse texto, apresento aos leitores do nosso blogue um escritor norte-americano que é conhecidíssimo em todo o mundo, mas que é ignorado em seu próprio país. Ele é Noam Chomsky.
Nesse artigo, Chomsky aborda a questão da Palestina e seus desdobramentos nos dias atuais.

Fonte da Foto: Blog Saber de Si

Resolver el estancamiento entre palestinos e israelíes



Mientras sigue dedicado intensivamente a la expansión de los asentamientos ilegales, el gobierno de Israel también está tratando de resolver dos problemas: una campaña de lo que percibe como deslegitimación –esto es, objeciones a sus crímenes y retirarse de participar en ellos– y una campaña paralela de legitimación de Palestina.
La deslegitimación, que está progresando rápidamente, fue llevada un paso más adelante en diciembre por un llamado de Human Rights Watch a Estados Unidos para suspender el financiamiento a Israel en una cantidad equivalente a los costos de lo que invirtió para apoyar los asentamientos y para monitorear las contribuciones a Israel de organizaciones de contribuyentes estadunidenses que violan las leyes internacionales, incluyendo las prohibiciones contra la discriminación –lo que abarcaría una amplia gama de actos. Amnistía Internacional ya había exhortado a la imposición de un embargo de armas contra Israel.
El proceso de legitimización también dio un largo paso hacia adelante en diciembre cuando Argentina, Bolivia y Brasil reconocieron al Estado de Palestina en Gaza y Cisjordania, con lo que el número de naciones que lo apoyan asciende a más de un centenar.
El abogado internacional John Whitbeck calcula entre 80 y 90% la población mundial que vive en Estados que reconocen a Palestina, en tanto entre 10 y 20% reconoce a la República de Kosovo. Estados Unidos reconoce a Kosovo, pero no a Palestina.
En consecuencia, como escribe Whitbeck en Counterpunch, los medios de comunicación actúan como si la independencia de Kosovo fuera un hecho en tanto que la independencia de Palestina es una aspiración que nunca podrá realizarse sin el consentimiento de israelíes y palestinos, reflejando el funcionamiento normal del poder en la arena internacional.
Dada la escala de los asentamientos de Israel en Cisjordania (Ribera Occidental), durante más de una década se ha argumentado que el consenso internacional en un acuerdo de dos Estados está muerto, o equivocado (aunque evidentemente la mayor parte del mundo no está de acuerdo). En consecuencia, los interesados en los derechos de los palestinos deben pedir una retirada israelí de la totalidad de Cisjordania, seguida por una lucha anti apartheid al estilo sudafricano que llevaría a una ciudadanía plena de la población árabe allí.
El argumento da por hecho que Israel accedería a esta toma. Es mucho más posible que Israel, en lugar de eso, continue con los programas que llevan a la anexión de las partes de Cisjordania que está desarrollando, aproximadamente la mitad del área, y no acepte responsabilidad por el resto, defendiéndose así del problema demográfico –demasiados no judíos en un Estado judío– aislando, mientras tanto, a la sitiada Gaza del resto de Palestina.
Una analogía entre Israel y Sudáfrica merece atención. Una vez que se implantó el apartheid, los nacionalistas sudafricanos reconocieron que se estaban convirtiendo en parias internacionales. En 1958, sin embargo, el ministro de Relaciones Exteriores informó al embajador de Estados Unidos de que la condena de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y otras resoluciones les preocupaban muy poco en tanto Sudáfrica estuviera apoyada por la potencia mundial dominante: Estados Unidos.
En los años 70, las Naciones Unidas declararon un embargo de armas, prontamente seguido por campañas de boicot y desinversiones. Sudáfrica reaccionó de forma calculada para encolerizar a la opinión internacional. En un gesto de desprecio por la ONU y el presidente Jimmy Carter –quien se abstuvo de reaccionar para no alterar unas negociaciones inútiles–, Sudáfrica lanzó una redada asesina contra el campamento de refugiados Cassinga en Angola, justo cuando el grupo de contacto, encabezado por Carter, estaba a punto de presentar un acuerdo para Namibia.
La similitud con el comportamiento actual de Israel es sorprendente, por ejemplo el ataque contra Gaza en enero de 2009 y contra la flotilla de la libertad en mayo de 2010.
Cuando Ronald Reagan tomó posesión en 1981 dio apoyo pleno a los crímenes internos de Sudáfrica y a su asesina depredación en países vecinos.
Las políticas estaban justificadas en el contexto de la guerra contra el terrorismo que Reagan había declarado al llegar a la presidencia.
En 1988, el Congreso Nacional de Nelson Mandela fue designado uno de los grupos terroristas más notorios (el propio Mandela sólo fue removido de la lista de terroristas de Washington en 2008). Sudáfrica estaba desafiante, e incluso triunfante, con sus enemigos internos aplastados y disfrutando de apoyo sólido del único Estado que importaba en el sistema global.
Poco después la política estadunidense cambió. Muy probablemente los intereses empresariales de Estados Unidos y Sudáfrica se dieron cuenta de que estarían mejor si se ponía fin a la carga del apartheid. Y el apartheid no tardó en desplomarse.
Sudáfrica no es el único caso reciente donde la desaparición del apoyo de Estados Unidos a los crímenes ha generado un progreso significativo.
¿Puede ocurrir tal transformación en Israel abriendo el camino hacia un arreglo diplomático? Entre las barreras arraigadas están los vínculos militares y de inteligencia sumamente estrechos entre Estados Unidos e Israel.
El abierto apoyo para los crímenes de Israel proviene del mundo de los negocios. La industria estadunidense de la alta tecnología está estrechamente integrada con su contraparte israelí. Por citar sólo un ejemplo: el mayor fabricante mundial de chips, Intel, está estableciendo su unidad de producción en Israel.
Un cable estadunidense revelado por Wikileaks señala que las industrias militares Rafael en Haifa es uno de los sitios considerados vitales para los intereses de Estados Unidos debido a su producción de bombas cluster (racimo); Rafael ya había desplazado algunas operaciones a Estados Unidos para tener mejor acceso a la ayuda y mercado estadunidenses.
Hay también un poderoso grupo de cabildeo israelí, aunque, por supuesto, de ninguna forma igual al cabildeo militar y al de negocios.
También intervienen factores culturales. El sionismo cristiano precede con mucho al sionismo judío, y no está restringido a una tercera parte de la población de Estados Unidos que cree en la verdad literal de la Biblia. Cuando el general británico Edmund Allenby conquistó Jerusalén en 1917, la prensa nacional declaró que era Ricardo Corazón de León, que finalmente había rescatado la Tierra Santa de manos de los infieles.
Lo siguiente es que los judíos deben regresar a la tierra que les fue prometida por el Señor. Dando voz a un punto de vista común de la elite, Harold Ickes, secretario del Interior de Franklin Roosevelt, describió la colonización de Palestina como un logro sin comparación en la historia de la raza humana.
También hay una simpatía instintiva por la sociedad colonizadora que se ve como una reproducción de la historia del propio Estados Unidos, llevando civilización a la tierras que nativos no merecedores de ellas habían usado mal, doctrinas, éstas, profundamente arraigadas en siglos de colonialismo.
Para desbaratar este conflicto será necesario desmantelar la ilusión reinante de que Estados Unidos es un honesto intermediador que trata desesperadamente de reconciliar a adversarios recalcitrantes, y reconocer que las negociaciones serias serían entre Estados Unidos e Israel y el resto del mundo.
Si los centros de poder de Estados Unidos pueden ser obligados por la opinión popular a abandonar décadas de rechazo, muchas perspectivas que parecen remotas súbitamente podrían tornarse posibles.
Noam Chomsky es profesor emérito de Lingüística y Filosofía en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), en Boston. Su último libro, con la coautoría de Ilan Pappe, es Gaza en crisis.